Desenredar. Perderme. Alegre.
Perderme. Llegó a mi mente un pensamiento como un día de niebla álgida después de casi un lustro encontrándome hosco recurrentemente. Éste pensamiento no es el germen de lo que parezco sentir como la llegada al otro extremo de la tormenta de arena, hay más: llevo meses reorientándome y desenredándome de pensamientos que no han hecho más que atacarme en cualquier momento del día. Ayer me vino eso de la tormenta de arena durante la ducha. Lo definí de la siguiente manera:
Estoy subido en la cúspide de una alta y herrumbrosa estructura en forma de torre que está en movimiento y que yo piloto aprovisionado con unas gafas de aviador con cristales abombados y una de esas máscaras para pintar con aerosol. La base de la torre no la veo pues estoy rodeado de una densa calima, pero debe ser una plataforma con patas similares a las de una «strandbeest» motorizada. El viento es fuerte, va de abajo hacia arriba levantándome el pelo y formando remolinos que se elevan muy arriba. Es una tormenta de arena en el desierto.
Algunos días era insoportable, una inestabilidad imbancable. Sin ningún agarre, pudiéndo sólo apoyarme en mí mismo.
Lo que aparentaba que la filosofía me había dado, parecía quitármelo. Recurrí a ella, me di baños de conocimiento y empecé a respirar hondo, a tener calma y sangre fría. A deshacerme de ataduras y enredos, de dependencias. Soltando enganches, desembrollando. Aprendí a confiar aún andando a tientas. Aprendí a escuchar, a hablar conmigo y a hablar con Dios más.
Mi madre me llevaba a la iglesia siendo niño, después dejé de acudir. Hace unos años volví a ir. Cuando viajo a ver a mis padres voy con ella los domingos. Valoro cada momento a su lado. Le doy abrazos y besos a mis padres, muchos.
Me siento como un aprendiz en lo más alto de una montaña, y yo creía que tenía tantas respuestas. Últimamente me muestro esquivo ante cualquier simple e inocente pregunta para elegir ciertas cosas nimias como el color de una camiseta o el postre a escoger, porque me satura estar ante tantas bifurcaciones. De cualquier manera, estar abrumado por pequeñas bifurcaciones no llega ni a la punta del témpano en todo esto.
Total, yo entendía mi realidad como algo mucho más tranquilo y apasionante a la vez, no como una sacudida de emociones que colman todos mis vasos.
Con todo y con eso, parece que ya empiezo a entender.
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